Otra excursión de esas que surgen espontáneamente un domingo de mañana. ¿Y si vamos a Bolonia? Venga. Paramos a comprar pan, algo para meterle dentro y bebidas frescas. Antes miré la dirección del viento, por si hacía Levante, cambiar de destino; pero no, el viento era de Poniente. Pa´lante. Al llegar comprobamos que no fuimos los únicos a los que se nos había ocurrido ir allí.
Kilómetros de sombrillas plantadas en la arena, viento y muy pocos metidos en el agua transparente. Primera misión: plantar la sombrilla lo mejor posible, tarea importante y de suma dificultad.
Poco duró la estabilidad de la sombrilla, vamos, que la atrapé de milagro ya al vuelo, con forma de antena parabólica.
Después de plegar el arma arrojadiza, pudimos ya empezar a disfrutar del lugar y de sus vistas, entre ellas la famasa duna de Bolonia, detrás nuestra.
Este parte de océano, tan cercana al Estrecho, con el Poniente tiene un agua fría y clara, invita a contemplarla primero.
Había que bañarse, sí o sí, aunque aquí parezca que estamos huyendo del agua.
Poca gente sumergida y, a los que se atrevían, el océano les empujaba sin piedad.
Cuando nos hartamos de viento, que se había entretenido en hacer jirones la sombrilla de nuestros vecinos, me comí el bocadillo en el coche, después de ver cómo Zenia se había comido el suyo con la arena como ingrediente extra no deseado. Destino: Punta Paloma.
El aparcamiento de la playa estaba completamente lleno, hasta las orillas arenosas del camino. Seguimos la carretera llena de arena, entre dunas, hasta hacer parada al pie de una de ellas.
Desde aquí se puede ver al fondo Tarifa, incluso parte de la costa africana y muchos puntos de colores de las cometas de los deportistas del agua y el viento.
Después de pasar Tarifa tenemos la parada forzosa del Mirador, donde tenemos las mejores vistas del Norte de África, incluyendo la ciudad de Ceuta y Tánger, esta última a la derecha en la foto.
Paso obligado para entrar o salir del Mediterráneo.
Quiérete mucho ...








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