martes, 6 de agosto de 2019

Un día en Arriate

No pude rechazar la oferta de pasar una jornada completa en Arriate, uno de los bonitos pueblos de la Serranía de Ronda. Cogí el coche y para arriba, aprovechando para beber en la fuente de la casa de los camineros.


Son muchos los motoristas que usan la carretera de Ronda, por lo atractiva que resulta por sus innumerables curvas.


En el pueblo hace mucho calor al mediodía, son pocas las personas que verás por las calles, saldrán más tarde, con el frescor del atardecer.


Después de tomar unas cervezas y unas tapas auténticas de la serranía, paseo camino de la piscina municipal para aplacar las calores.


La estrechez de algunas de sus calles obliga a poner discos de espejos para ver al otro lado.


Impresionante vista de los tejados y fachadas, al uno y otro lado.


Farola y torre de la iglesia.


Ya dentro del recinto de la piscina, hay un bar donde sentarse un rato antes de decidirse a entrar en el agua. Solo un brezo separa la tierra del agua.


La piscina está rodeada en su perímetro por preciosos rosales. El agua está bien tratada y el ambiente es alegre.


Dentro del bullicio, hay quien prefiere la lectura.


El sol es tamizado por frondosos árboles.


El río Alcobacín lleva en esta época poco caudal, lo que no quita que sea apreciado por la vida que da al entorno.


La vuelta la hice ya de noche, aprovechando una parada para captar este entorno de apariencia lunar.


El lugar es el más alto de la carretera, y el más estrellado.


Un día de estos...


martes, 16 de julio de 2019

Subida a la cruz de Juanar

El cuerpo agradece ciertos esfuerzos físicos, el alma aún más. Este domingo subí con la única compañía de mi pequeña mochila y mi cámara de fotos, a la cruz de Juanar. Esta vez quería que fuera algo especial, como una especie de promesa con algo más de sacrificio, por eso elegí la hora más calurosa. Muchos paisanos ya conocen el camino, pero para mis otros amigos, les describiré la ruta.


Empezando desde el aparcamiento del Refugio de Juanar, y siguiendo la ruta para subir por la cara Norte, la ida y vuelta sale por unos aproximados 8,5 Km. El tiempo dependerá del ritmo con el que se quiera ir; yo me lo tomé con tranquilidad, echando poco más de tres horas y media entre ir y volver. Se asciende desde los 810 metros hasta los 1180 metros, según me indicó el reloj GPS.


Primero se coge el camino que llega hasta la verja que corta el paso a los vehículos, entre una bonita arboleda.


Llegada a una zona de olivos, se ve al fondo la montaña aislada, en cuya cima está la famosa cruz.


Se llega hasta un cruce, donde se indica el camino a La Concha, que es el que tenemos que coger.


En breve se llega a otro cruce, cogiendo a la izquierda seguiremos camino.


Nos adentraremos en un frondoso bosque de altos árboles y helechos por doquier.


De nuevo otro cruce, esta vez con amigable advertencia, para evitar mayores desgracias en aquellas personas que se adentran sin agua, ni preparación alguna, o con niños pequeños, como ha ocurrido más de una vez.


El camino es bien frondoso.


Después de este cómodo paseo, comienza la vereda empedrada con la que se irá ganando ya altura con rapidez.


Aquí se va acelerando la respiración, por lo que hay que tomarlo con calma, sobre todo si no se está debidamente entrenado. Cuando se sale a una zona algo más descubierta y llana, hay que coger hacia la izquierda, ya que para la derecha se irá a otra cima: La Concha.


De todas formas, está perfectamente señalizado el camino, y la vereda marcada.


Además ya se ve claramente la cima.


Aquí hay que hacer un esfuerzo adicional, pero las vistas merecen de sobra la pena; la costa, también las cimas de la Concha y del Lastonar, a la derecha.


A la bajada me esperaba escondida una cabra montés, que de forma tímida me miraba. No dio un solo paso hasta que yo pasé, tuve la impresión de que estaba protegiendo algo.


La vuelta fue más ligera, pensando en reponer fuerzas, e hidratarme en el Refugio; antes seguí disfrutando de un camino único.


Seguimos buscando una visa para un sueño.


lunes, 24 de junio de 2019

Playa de Bolonia

Me desperté el sábado con ganas de conducir hasta alguna playa de las especiales que existen en el Sur de España; me decidí por la de Bolonia. Nada más llegar, te saludan las tortugas, camino de la duna.


Gran afluencia de público con sus sombrillas y demás materiales de playa de fin de semana. Al fondo, el Norte de África.


Desplazamiento en bicicleta.


Las chumberas están en flor. Curioso estar una belleza rodeada de espinas por todas partes.


La vista, simplemente espectacular. A la izquierda el océano, a la derecha pinar y montañas, al fondo la duna.


Hay momentos en que la vegetación lo envuelve todo.


Y se inicia la subida a la cima de la duna, representando un esfuerzo adicional por la hora.


Surfeando la duna.


Paisaje general, a vista de pájaro.


Equilibrio natural.


Bajando.


Agua y luz.


Al final del camino hay una zona de lodos, estupendos para la piel.


Navegar por la arena es difícil, aunque no imposible.



De vuelta a casa, enmarcando lo vivido.


Si ella me faltara alguna vez ...


martes, 18 de junio de 2019

Nocturna de Montejaque

Sábado 15 de junio, no hace una semana que he regresado a España y ya estoy metido en una maravillosa carrera nocturna por la Sierra de Ronda, en Montejaque. La última vez que la hice, fue con mi hijo Javier durante todo el trayecto, tres años antes y con nueve kilos menos. Ahora no tenía ningún tipo de entrenamiento, pies y rodillas muy deteriorados, pero las ganas podían con todo. El recorrido fue el siguiente:


El perfil suave, pero siempre picando hacia arriba ligeramente.


Lo mostrado es lo que registró mi reloj. Y ahora viene la historia de lo acontecido a nivel personal. Salí temprano de Marbella, con la idea de almorzar en Benaoján, en el Bar Palma, donde siempre se come bien y tengo amigos; allí me encontré con Víctor, del Fórum Fotográfico de Marbella. Luego, en un par de minutos, aparcaba en Montejaque e iba a recoger el dorsal.


Dorsal personalizado, el 314, un bonito número, y una camiseta técnica, fresca, para entrenar en verano.


Después de saludar a Mari, la organizadora, y también a mis ya conocidos y amigos, de tantas carreras y tantas excursiones por la sierra de donde era mi abuela paterna; aproveché para hacer un poco de turismo con mi nueva cámara compacta de fotos. La hora no era la más apropiada, por la dureza de la luz, pero como no me puedo quedar mucho tiempo quieto, pues me fui de gira solitaria.

La fuente del pueblo, con su curioso letrero. Lo de agua no potable es algo que se pone cuando el agua no es clorada; por lo demás, ahí que me pegué un buen trago.


Esquina de calle Nueva.


Como pueblo mediterráneo, las casas lucen de un blanco inmaculado.


Y con tranquilidad se llega a la plaza de la Constitución, donde se ubica el ayuntamiento.


Plazoleta, con historia.


Calle y la siempre presente sierra.


La fuente de la plaza, con los juegos de agua, es motivo de diversión para los más pequeños.


Época de balcones floridos.


Las golondrinas son las propietarias de este viejo edificio.


Abeja, flor y otros insectos en perfecta armonía.


Me llegó la hora de hidratarme, sentarme un rato y esperar a la hora de la salida. En ésas estaba cuando llegaron amigos del CEM, otro club de Marbella, con Sonia, Anselmo, Joaquín, Marián y su marido. Aproveché para irme con ellos a tomar algo. Luego me encontraría con los compañeros de mi club, el Luna Llena.


Muchos nervios y dudas me venían, después de dos años en el dique seco, sin subir ni una sola montaña, ni entrenar. Eso sí, estaba bien equipado para lo que se me venía encima.


Y llegó la hora de irse colocando en la línea de salida.


A las nueve salíamos corriendo cuesta arriba.


Los primeros kilómetros se pueden correr perfectamente, no era esa mi idea, ni lo ideal para mis ya destrozadas rodillas, así que imprimí un ritmo constante de marcha.


El atardecer no pudo ser más bonito.


Luego llegaría la noche y, con ella, mi aventura en solitario hasta la meta. Sufrí mucho los últimos 5 Km, no había bebido lo suficiente y lo pagué con continuos calambres; bajé el ritmo con tal de llegar hasta la meta entero; como así fue.


Otra medalla más para la colección, quizás con más mérito que otras, ya que se me hicieron algo largos esos 23,5 Km acompañado solo por una bonita luna y los sonidos del campo.

Volando voy, volando vengo ...